martes, 4 de marzo de 2008

Diferencias entre voluntad y entrega

Cuanto tengo nada puedo darte, porque nada es de mi popiedad, salvo, mis deseos de existir. (Abel Desestress) El fin es el mismo, pero los comienzos son distintos y todas las diferencias pertenecen siempre al comienzo. Cuanto más te acercas a la meta, menor es la diferencia entre los caminos. En el comienzo la voluntad y la entrega son diametralmente opuestos. La entrega significa total ausencia de voluntad propia. No tienes voluntad propia, te sientes indefenso, no eres capaz de hacer nada. Estás tan totalmente desvalido que no eres capaz ni de decir que existe la voluntad; el concepto mismo de voluntad es ilusorio. No tienes voluntad. Más bien al contrario, tienes un destino, no una voluntad, por eso sólo puedes entregarte. No es que te entregues, es que no puedes hacer nada más. Así que el entregarse no es un acto. Es más bien un reconocimiento. ¡No es un acto! ¿Cómo puede ser un acto el en-tregarse? ¿Cómo puedes entregarte? Si «tú» te entregas, ¿cómo lo vas a llamar entrega si sigues siendo tú el amo? Si «tú» te entregas, entonces tú sigues siendo el que «haces», la entrega ha sido un acto de voluntad, y esas dos cosas son diametralmente opuestas. No puedes «querer» entregarte. El entregarte no es un acto, es más bien un reconocimiento, el reconocimiento del fenómeno de la ausencia de voluntad. No existe algo así como la voluntad, así que tú no tienes la capacidad de poder hacer. No puedes hacer nada. Todo es un puro suceder. Tú has sucedido y todo lo demás que ha venido luego ha sido un puro suceder. Sentir esto, saber esto, es un reconocimiento. De repente te das cuenta de que no existe una voluntad en ti. Con este darse cuenta, el ego desaparece, porque el ego sólo puede existir si hay voluntad. Así que el ego significa la totalidad de los actos voluntarios. Si hay voluntad, entonces puedes ser. Si no hay voluntad, entonces desapareces. Entonces eres sólo una ola en un infinito océano, y no puedes desear «hacer». Existes como suceso; dejarás de exisitir como suceso. ¿Qué puede hacer una ola en un océano infinito? Ha sido ola merced al océano. No existe por sí misma, sólo aparenta existir. Si sientes esto y este sentimiento surge como una profunda búsqueda, un indagar en tus profundidades, - ¿hay ahí alguna voluntad? - entonces descubrirás que eres como una hoja seca arrastrada por el viento. A veces irás hacia el norte, a veces hacia el sur, y la hoja seca puede que llegue a pensar que va hacia el sur. Lo que verdaderamente ocurre es que el viento sopla y la hoja seca es arrastrada. Si profundizas en ti mismo te volverás cons-ciente de una ausencia total de voluntad. El reconocer esto es entregarse. No es un acto. Y si te entregas, si la entrega sucede, no hay necesidad de ofrecer. ¡No puedes ofrecerte! De modo que en el camino de la entrega, realmente el ofrecimiento no es posible, porque todo ofrecimiento se basa en la voluntad: tú ofreces, tú estás allí. En el camino de la entrega el ofrecimiento sucede, pero el que se entrega nunca lo sabe. No puede saberlo, no puede decir, «He ofrecido mi mente a lo Divino». En realidad, no puede hablar en términos de acciones, sólo puede hablar en términos de sucesos. A lo más puede decir, «La ofrenda ha sucedido». Sin una voluntad no puedes tener un ego y sin un ego no puedes hablar de nada como de un acto. Por eso el «suceder» es lo que aparece en el camino de la entrega. La entrega en sí misma es un suceder. Pero en el camino de la voluntad se da un proceso distinto. En el momento en que digo, «el camino de la voluntad», la voluntad se presupone. Tú haces algo. Esto es un hecho en el camino de la voluntad, es algo que se da por supuesto. Nunca es cuestionado porque aquellos que siguen el camino de la voluntad dicen que incluso el cuestionar algo es aceptar la voluntad. Incluso el cuestionar una cosa implica que la voluntad está ahí. El preguntar es un acto, contestar es un acto, dudar es un acto, decir no es un acto. Por eso la voluntad no puede ser cuestionada. En el camino de la voluntad, la voluntad no puede ser cuestionada. Esta es la hipótesis fundamental. En el camino de la entrega, la ausencia de voluntad propia es la hipótesis fundamental. No puedes poner en duda esto. Esto debe ser bien entendido: en cada camino algo se constituye en hipótesis. Ha de ser así porque has de empezar por alguna parte y has de empezar desde la ignorancia. Debido a esos dos factores se necesita de una hipótesis. Incluso en la ciencia comienzas con una hipótesis, asumes algo que no puede ser cuestionado, y si lo cuestionas todo el edificio se desploma. Por ejemplo, una de las materias más exactas, más científicas es la geometría, pero comienzas con una hipótesis. Empiezas con algo que asumes y que no puede ni probarse ni negarse, porque sólo puede demostrarse aquello que puede ser negado. De modo que para comenzar, asumes algo desde la ignorancia, con fe. Así que, en realidad, la ciencia no es tan científica como parece. Si retrocedes a sus inicios todas las ciencias comienzan con una hipótesis y si cuestionas esa hipótesis, ninguna respuesta es posible. Y así es como ha de ser porque no se puede comenzar desde la nada. Míralo así: si llego a una ciudad extraña para mí y le pido a alguien donde vive la persona A, el puede que conteste, «A es un vecino de B». Pero si yo digo, «Esto no es una respuesta porque no conozco tampoco a B. ¿Dónde vive B?» Entonces el dirá, «B es el vecino de C». Pero yo afirmaré, «Qué sitio tan extraño. No se nada de C o de D o de E, indícamelo por favor de forma que lo pueda entender. Todo me es desconocido, así que ¿por dónde comenzar?» Si el dice, «D, E, F, G», todos son hipotéticos. ¿Desde dónde empezar? El empezar sólo es posible si asumo una cosa como conocida y que en realidad no es conocida; si no, no hay alter-nativa posible. Y esta es la situación, así es cómo nos encontramos en este mundo: todo es desconocido, ¿por dónde empezamos entonces? Si dices que debemos empezar desde el saber, ¿cómo vas a empezar? Cuando todo se desconoce, ¿cómo vas a empezar con algo tomándolo como un hecho conocido? Así no puedes empezar. Y si empiezas con un hecho desconocido, tampoco entonces puedes empezar. Una hipótesis significa un hecho desconocido asumido desde la fe como conocido. Una hipótesis significa un hecho desconocido tomado como conocido a sabiendas. Entonces sí puedes empezar. Por eso una hipótesis no puede ser cuestionada, en ninguna parte, ni siquiera en matemáticas. De modo que en el camino de la voluntad, la voluntad es la hipótesis, y en el camino de la entrega, la ausencia de voluntad propia es la hipótesis. Si uno de los dos caminos te atrae, serás incapaz de entender el otro, porque ambos parten de hipótesis opuestas. Si la ausencia de voluntad propia te atrae, entonces la voluntad no tendrá atractivo alguno. Entonces será absurdo. Y si la voluntad te atrae, entonces la entrega carecerá de sentido. Con la voluntad, se da por sentado que eres capaz de hacer, y entonces aparece la pregunta, ¿qué hacer? Puedes hacer algo que te aleje de lo Divino y puedes hacer algo que te aproxime a lo Divino. Y tú eres el responsable, ya lo hablamos ayer. ¿Cómo puedes tú, paso a paso, actuar para acercarte y, en último término, establecerte en Eso? Pero recuerda este hecho: que la voluntad se toma como hipótesis. Una vez la tomas como hipótesis, puedes continuar ejerciendo la voluntad y, por último, querer totalmente; o sea, tu mente es direccionada totalmente hacia Eso, y en esa tensión total, en ese clima, en esa culminación, la voluntad se disuelve, porque la perfección es la muerte. En el momento en que algo se vuelve perfecto, muere. Por eso es que Lao Tse dice, «No seas nunca perfecto. Párate a medio camino, nunca lo recorras hasta el final». Si vas hasta el final, el éxito se tornará fracaso y la vida se convertirá en muerte. Si llegas al final mismo, el amor se volverá odio y la amistad se reducirá a enemistad porque la perfección significa muerte. Y cuando algo muere, muere en su extremo opuesto. Cuando la voluntad es perfecta, cuando la mente está total-mente direccionada, la voluntad muere, la voluntad desaparece, porque la perfección es el punto de evaporación, del mismo modo que el agua se evapora a los cien grados. El límite de los cien grados es la perfección. Por lo que concierne al agua, el calor ha llegado a la cima. Si ahora el calor continúa, el agua ya no estará allí. Y si el agua quiere estar allí, el calor no debe alcanzar ese límite. Por eso cuando alcances un cien por cien de voluntad, estarás al límite de la explosión, morirás, tu voluntad morirá. El fenómeno mismo de la voluntad desaparecerá. Y cuando la voluntad desaparece, alcanzas el mismo punto desde dónde uno empieza con la ausencia de voluntad. Ahora hay ausencia de voluntad. Así que o cero o perfección: ambos alcanzan el mismo fin. Dependerá de ti, de tu clase de mente. Si eres capaz de concebir la ausencia de voluntad , no surgirá la cuestión. Pero eso es difícil, no sólo difícil, es cierto modo es casi imposible. Es inconcebible. Sucede, a veces sucede. Pero este suceder contiene un prolon-gado, un continuado esfuerzo de voluntad. Muchas, muchas vidas ejerciendo la voluntad te proporcionan la experiencia con la que has estado soñando. Uno que ha querido durante mucho tiempo y aún así no llega a sitio alguno puede llegar a un punto en el que repentinamente se de cuenta de que está trabajando con algo que no existe. Un Buda por ejemplo. El alcanza lo Supremo mediante la ausencia de voluntad. Pero trabajó hasta la extenuación en el camino de la voluntad durante seis años de su vida. Acudió a todos los Maestros, indagó en todos los caminos, lo hizo lo mejor que supo, probó todo lo que le fue enseñado y dicho. Hizo todo aquello que un ser humano es capaz de hacer y con cada Maestro trabajó duro. No hubo ningún Maestro que le pudiera decir, «No lo estás logrando porque no te estás esforzando», pues trabajaba más que el propio Maestro. Por eso todos los maestros tuvieron que decirle, «No puedo decir que no te estés esforzando, estás haciendo lo imposible, lo estás intentando al máximo, pero eso es todo lo que yo puedo enseñarte. Debes irte a otro sitio». Así que buscó a todo Maestro, trabajó en todos los métodos. Y Bihar era un lugar con un gran potencial en aquellos tiempos. Sólo en dos ocasiones cimas así se han alcanzado. Una fue en Atenas, durante la civilización griega. Atenas era una ciudad con un gran futuro y en Atenas se dio una situación de elevado potencial. La otra vez fue en Bihar; sucedió que Bihar se convirtió en la cumbre de todo lo que la mente puede hacer. Y en Bihar, en los tiempos de Buda, todos los métodos habían sido desarro-llados y cada método tenía su propio profesor, su propio Maestro. Y Buda trabajó con todos ellos. Trabajó tan duro y tan since-ramente que cada Maestro tuvo que pedirle que le dejara, porque se dedicaba con toda entrega y no obtenía nada de provecho. En realidad, él no era un hombre adecuado para el camino de la voluntad. Mahavira, un contemporáneo de Buda, llegó por el camino de la voluntad y lo logró. Pero Buda no pudo alcanzarlo. Después de trabajar duro en todos los caminos, en un repentino instante de impotencia se sintió frustrado. Se sintió incapaz. Lo había intentado todo y no había logrado nada, seguía siendo el mismo sin transformación alguna. Le poseyó una frustración total y un día, lo abandonó todo. Antes, ya había abandonado el mundo: ésta fue la primera renuncia. Pero la segunda, la que no se menciona en la escrituras, fue mayor. Los budistas no hablan de ella. Sucedió una segunda renunciación aún mayor. Después de seis años de esfuerzo, Buda abandonó el camino de la voluntad. El dijo, «Me siento impotente y parece que nada es posible, que nada se puede hacer, por eso abandono todo empeño». Era una noche de luna llena y estaba sentado bajo un árbol. Había abandonado al mundo; esa noche abandonó toda religión, toda filosofía, toda técnica. Se relajó bajo un árbol. Por primera vez después de innumerables vidas se relajó, pues siempre había estado trabajando, esforzándose, tratando de conseguir algo de la forma que fuera. Pero esa noche, en su mente no había esfuerzo alguno por conseguir algo. Se sentía tan totalmente desvalido que el tiempo se le detuvo, el futuro desapareció, los deseos se volvieron algo sin objeto. El esfuerzo era algo imposible; la volun-tad estaba totalmente ausente. Estaba en realidad muerto; psicológicamente muerto. Sólo vivía en el sentido en el que vive un árbol, sin deseos, sin futuro, sin perspectivas. Era como el árbol bajo el que estaba tumbado. Imagínatelo. ¡Trata de imaginártelo! Si no hay deseos ni futuro ni un mañana que perseguir y no hay nada que alcanzar y todo se ha vuelto un absurdo y el pensamiento de que «No puedo hacer nada» penetra hasta lo más hondo, ¿cuál es la diferencia que hay entre tú y el árbol? ¡No hay diferencia! Estaba tan relajado como el árbol. Estaba tan relajado como el río que corría por allí. Se durmió. Su sueño fue algo extraño. No hubo ni tan sólo un sueño, pues los sueños pertenecen al mundo del deseo, del querer hacer, del esfuerzo. Durmió como duermen los árboles. Su sueño fue total. Fue simplemente como la muerte, sin oscilaciones de la mente, sin motivación interior. Todo se detuvo. El tiempo se detuvo. Por la mañana a las cinco abrió sus ojos. Digamos que más bien, sus ojos se abrieron, porque no existía la motivación. Tal y como los ojos se cerraron por la noche, se abrieron por la mañana. Refrescado por la noche, refrescado por la relajación, refrescado por una profunda ausencia de deseos, Buda abrió sus ojos. La última noche estaba desapareciendo del cielo y se dice que contemplando esa estrella desvanecerse, Buda Despertó. ¡Se realizó! ¿Que fue lo que sucedió? Sucedió porque no había esfuerzo, porque el esforzarse había cesado. No había ni deseos. No había ni frustración porque la frustración es parte del deseo y de la expectativa. Si realmente las expectativas cesan, no hay lugar para la frustración. No pedía, ni rezaba, ni estaba meditando, no estaba haciendo absolutamente nada. Simplemente estaba allí, vacío. Cuando la última estrella desapareció, algo desapareció en él también. Se convirtió en puro espacio, en pura nada. Esto es entrega, sin sentimiento de entregarse, porque ¿quién se entrega a quién? Pero esto sucedió como una culminación de largos esfuerzos. Esto es lo que quería decir: uno tiene que empezar con la voluntad. ¡Comienza con la voluntad! Si eres de la clase que es capaz de alcanzar la voluntad perfecta, desaparecerás al llegar a esa cima. Si no eres de esa clase entonces alcanzarás la perfección de la frustración, y desde ese pico de la frustración, desapare-cerás. Si se da el primer caso, la voluntad habrá sido tu camino; si se da el segundo, será el de la entrega. Pero comienza con la voluntad. No eres capaz de empezar con la entrega, porque la entrega no puede tener comienzo. La acción puede tener un comienzo, pero ¿cómo puede algo que sucede tener un comienzo? Puedes empezar con la acción; no puedes empezar con el suceder, esa es la diferencia. Puedes empezar con hacer algo, pero ¿cómo puedes empezar con la entrega? Empieza pues con la voluntad y pon todo tu ser en ella. Sólo así serás capaz de determinar si este camino es o no es adecuado para ti. Si funciona, entonces de acuerdo. Entonces alcanzarás el ego más perfecto. Y cuando el ego es perfecto la burbuja estalla. O, si no eres de esa clase, irás dando vueltas y vueltas y vueltas ...y frustración tras frustración. Entonces alcanzarás otra cima, la cima de la frustración, y sucederá la entrega. Así que, incluso para el entregarse, no pienses que no tienes nada que hacer. ¡Recuérdalo! No lo pienses, porque la mente es muy astuta y puede decir, «La entrega es nuestro camino. Esto significa que no voy a hacer nada en absoluto. La entrega es mi camino». Es una habilidosa treta. Si la entrega es tu camino, entonces el entregarse puede suceder en cualquier instante, porque el entregarse no requiere de tiempo. No hay un mañana necesario para ello. Si dices, «La entrega es mi camino», no esperes a mañana, porque el entregarse sólo puede ser aquí y ahora. No se necesita de esfuerzo alguno ni de un tiempo determinado para entregarse. Si no ocurre en este mismo instante, da por sentado que el de la entrega no es tu camino. La mente es falsa, la mente trata sólo de posponer el esfuerzo. Y la mente lo puede todo. La mente puede racionalizar: «No hay necesidad de voluntad porque no existe la voluntad, por lo tanto estoy dispuesto a andar el camino de la ausencia de voluntad propia». Pero recuerda bien que tu «estar dispuesto» no funcionará. Tu «estar dispuesto» no es un estar dispuesto; tu «estar dispuesto» no es realmente una calificación para la entrega. Tu absoluta impotencia es la condición. ¿Te sientes real y absolutamente impotente? Si te has sentido así, si has sentido que no hay nada que puedas hacer; si te sientes así, entonces la entrega puede suceder en este mismo instante. La entrega no puede posponerse; la voluntad sí puede ser pospuesta. De modo que con la voluntad puedes tomarte tu tiempo, vidas, y puedes ir trabajando lentamente. Pero con la entrega no hay dónde ir y no puedes pensar en el futuro; el futuro no está permitido. Si dices, «El de la entrega es mi camino y algún día sucederá», te estás engañando a ti mismo. Si el de la entrega es tu camino, la entrega habría sucedido ya. Alguien le preguntó a Mozart, «¿Quién es tu Maestro? ¿De quién aprendiste música?» Mozart le contestó, «No hay nadie que sea mi Maestro. La he aprendido solo, por mí mismo». El que le preguntaba le dijo, «Entonces dime, ¿puedo también yo aprender por mí mismo?» Mozart le contestó, «Yo nunca le hice esta pregunta a nadie. Hasta para saber esto has venido a mí a preguntármelo, de modo que te será difícil aprender música por ti mismo. Incluso esto lo has tenido que preguntar a alguien: si eres capaz de aprender música sin Maestro. ¡Necesitas de un Maestro hasta para decidir esto! Así que no podrás». El hombre insistió. Le dijo, «¿Por qué? ¿Si tú fuiste capaz, por qué no yo?» Mozart le dijo, «Si fueras capaz de hacerlo, ya lo habrías hecho». Así que si la entrega pudiera suceder y tú estuvieses en condiciones para ello, ya habría sucedido. No puedes escogerla. Elige la voluntad, porque tiene afinidad con el elegir. Con la entrega, el elegir no tiene afinidad. La elección necesita de la voluntad. Escoge pues la voluntad, y trabaja duro. Y sólo pueden pasar dos cosas. O bien tienes éxito o bien fracasas; pero esfuér-zate al máximo de modo que si tienes éxito, éste sea total, y si fracasas, que el fracaso sea total, y esa condición de totalidad decidirá. Los tibios y mediocres esfuerzos no conducen a ninguna parte, pues nunca puedes determinar cuál es tu tipo esforzándote a medias. Con tímidos y tibios esfuerzos nunca podrás decidir cuál es tu tipo. Nunca podrás saberlo. ¡Trabaja duro! O bien ten éxito totalmente, o bien fracasa totalmente. De ambas maneras llegarás al mismo punto. Si triunfas plenamente, la voluntad desaparecerá. Al ser perfecta, muere. Si fracasas totalmente, entonces la ausencia de voluntad se volverá una señal y luego vendrá la entrega. Todos los esfuerzos pertenecen al camino de la voluntad. Cuando alguien se esfuerza con todo su corazón y falla, se abre el otro camino. ¡Es un camino sin preparación! Es como una puerta de emergencia. En un accidente de aviación utilizas las puertas de emergencia. Puede que no te hayas ni dado cuenta de que existen. No tienes porqué. Por lo general, abres, entras y sales por la puerta corriente, la usual. La puerta de emergencia sólo se abre cuando hay una emergencia y un colapso total. En ese instante las puertas corrientes no valen. El entregarse es la puerta de emergencia. Empieza con lo usual, la voluntad. Cuando la voluntad falla totalmente, se abre la puerta de emergencia y sales fuera. Y si triunfas, no hay necesidad de que la puerta de emergencia se abra. Puede que ni te enteres de que existe. Puedes llegar a tu destino sin saber que había una puerta, una puerta de emergencia que podía haber sido abierta en cualquier instante. Por eso no puedes empezar con la entrega, nadie puede. Todo el mundo ha de empezar con la voluntad. Sólo tienes que recordar una cosa: sé siempre total en lo que hagas para que así puedas decidir el camino adecuado.