miércoles, 19 de marzo de 2008

No hay mayor mentira que la muerte

Solo cuando entiendes, que nada debes temer, empiezas a disfrutar tu existencia. (Abel Desestress) Cuando el hombre ha conocido algo, se libera de ello. Y cuando el hombre ha llegado a conocer algo, es capaz de triunfar sobre ello. Nuestro fracaso y nuestra derrota sólo se deben a nuestra ignorancia. La derrota se debe a la oscuridad: cuando hay luz, la derrota es imposible: la luz se convierte en victoria. Lo primero que quisiera deciros de la muerte es que no hay mayor mentira que la muerte. Pero, con todo, la muerte parece verdadera. No sólo parece verdadera, sino que parece, incluso, que es la verdad cardinal de la vida: parece que toda la vida está ordenada por la muerte. Aunque la olvidemos, o aunque no la tengamos en cuenta, la muerte sigue estando cerca de nosotros por todas partes. La muerte está aun más cerca de nosotros que nuestra sombra. Hemos estructurado nuestras mismas vidas a partir de nuestro miedo a la muerte. El miedo a la muerte ha creado la sociedad, la nación, la familia y los amigos. El miedo a la muerte nos ha hecho perseguir el dinero y nos ha hecho ambicionar posiciones sociales más elevadas. Y lo más sorprendente es que nuestros dioses y nuestros templos también han surgido del miedo a la muerte. Por miedo a la muerte, hay personas que rezan de rodillas. Por miedo a la muerte, hay personas que rezan a Dios con las manos unidas y elevadas hacia el cielo. Y nada más falso que la muerte. Por eso, cualquier sistema de vida que hayamos creado creyendo que la muerte es verdadera se ha convertido en falso. ¿Cómo conocemos la falsedad de la muerte? ¿Cómo podemos saber que no hay muerte? Mientras no lo sepamos, no perderemos el miedo a la muerte, nuestras vidas seguirán siendo falsas. Mientras exista el miedo a la muerte, no podrá haber vida auténtica. Mientras temblemos de miedo hacia la muerte, no podremos acopiar la capacidad de vivir nuestras vidas. Sólo pueden vivir aquellos para los que la sombra de la muerte ha desaparecido para siempre. ¿Cómo podrá vivir una mente asustada y temblorosa? Y ¿Cómo es posible vivir cuando parece que la muerte se acerca a cada instante? ¿Cómo podemos vivir? Por mucho que dejemos de tener en cuenta la muerte, nunca la olvidamos del todo. No importa que llevemos el cementerio a las afueras de la ciudad: la muerte sigue mostrándonos su rostro. Todos los días muere alguien; todos los días se presenta en alguna parte la muerte y hace temblar los cimientos mismos de nuestras vidas. Cuando vemos que se produce la muerte, somos conscientes de nuestra propia muerte. Cuando lloramos la muerte de alguien, no sólo nos hace llorar la muerte de esa persona, sino también el recuerdo renovado de la nuestra propia. No sólo sentimos dolor y pena por la muerte de otra persona, sino por la posibilidad aparente de la nuestra propia. Toda muerte que acontece es, al mismo tiempo, nuestra propia muerte. Y ¿Cómo podemos vivir, mientras sigamos rodeados de la muerte? Vivir de esta forma es imposible. Así no podemos conocer lo que es la vida: ni su alegría, ni su belleza, ni su bendición. Así no podemos alcanzar el templo de Dios, la verdad suprema de la vida. Los templos que se han creado por miedo a la muerte no son los templos de Dios. Las oraciones que se han compuesto por miedo a la muerte tampoco son oraciones dirigidas a Dios. Sólo el que está lleno de la alegría de la vida alcanza el templo de Dios. El reino de Dios está lleno de alegría y de belleza, y las campanas del templo de Dios sólo repican para los que están liberados de los temores de todo tipo, para los que se han quitado de encima todos los miedos. Esto hace parecer difícil, dado que nos gusta vivir con miedo. Pero esto no es posible: sólo puede ser verdadera una de las dos cosas. Recordadlo: si la vida es verdadera, entonces la muerte no puede ser verdadera; y si la muerte es verdadera, entonces la vida no será más que un sueño, una mentira: entonces la vida no puede ser verdadera. Las dos cosas no pueden existir simultáneamente. Pero nosotros nos aferramos a las dos cosas a la vez. Tenemos la sensación de que estamos vivos y tenemos además la sensación de que estamos muertos. He oído hablar de un faquir que vivía en un valle lejano. Mucha gente iba a visitarlo para hacerle preguntas. Una vez, un hombre llegó ante él y le pidió que le explicara algo acerca de la vida y de la muerte. El faquir dijo: -Te invito a aprender sobre la vida: mi puerta está abierta. Pero si quieres aprender sobre la muerte debes ir a otra parte, porque yo no he muerto ni moriré nunca. No tengo experiencia con la muerte. Si quieres aprender sobre la muerte, pregunta a los que han muerto, pregunta a los que ya están muertos. El faquir se rió y siguió diciendo: -Pero ¿cómo podrás preguntar a los que ya están muertos? Y si me pides la dirección de un muerto, no puedo dártela. Pues desde que he llegado a saber que no puedo morir, también sé que nadie muere, que nadie ha muerto jamás. Pero ¿cómo podemos creer a este faquir? Todos los días vemos morir a alguien; la muerte se presenta diariamente. La muerte es la verdad suprema; se hace visible penetrando hasta el centro de nuestro ser. Podemos cerrar los ojos, pero, por lejos que estemos de ella, sigue visible. Por mucho que nos apartemos de ella, por mucho que huyamos de ella, sigue rodeándonos. ¿Cómo podemos demostrar la falsedad de esta verdad? Por supuesto, algunas personas intentan demostrar su falsedad. Solo por su miedo a la muerte, la gente cree en la inmortalidad del alma: por puro miedo. No saben: se limitan a creer. Todas las mañanas, algunas personas se sientan en un templo o en una mezquita y repiten: “Nadie muere: el alma es inmortal.” Se equivocan al creer que el alma se hará inmortal por el mero hecho de repetir las palabras “el alma es inmortal”. La muerte nunca se vuelve falsa por estas repeticiones: sólo conociendo la muerte es posible demostrar su falsedad. Recordemos que esto es muy extraño: siempre aceptamos lo opuesto a lo que no dejamos de repetir. Cuando alguien dice que es inmortal, que el alma es inmortal; cuando repite esto, no hace más que indicar que sabe, muy dentro de sí, que morirá, que tendrá que morir. Si supiera que no ha de morir, no tendría que hablar tanto de la inmortalidad; sólo los que tienen miedo siguen repitiéndolo. Y veréis que la gente teme a la muerte en aquellos países, en aquellas sociedades que más hablan de la inmortalidad. En nuestro país se habla incansablemente de la inmortalidad del alma; pero ¿hay alguien en la Tierra que tema a la muerte más que nosotros? ¡Nadie teme a la muerte más que nosotros! ¿Cómo podemos reconciliar estos dos extremos? ¿Es posible que un pueblo que cree en la inmortalidad del alma caiga en la esclavitud? Preferiría la muerte; estaría dispuesto a morir, pues sabría que no hay muerte. ¡Los que saben que la vida es eterna, que el alma es inmortal, serían los primeros que llegarían a la Luna! ¡Serían los primeros que escalarían el Everest! ¡Serían los primeros que explorarían las profundidades del océano Pacífico! Pero no: nosotros no somos de esos. Ni escalamos el Everest, ni llegamos a la Luna ni exploramos las profundidades del océano Índico. ¡Y nosotros somos el pueblo que cree en la inmortalidad del alma! En realidad, nos da tanto miedo la muerte que, por miedo a ella, no dejamos de repetir: “El alma es inmortal”. Y nos hacemos la ilusión de que, a fuerza de repetirlo, quizá se haga realidad. Nada se hace realidad a fuerza de repetirlo. No es posible negar la muerte a base de repetir que la muerte no existe. Tendremos que conocer la muerte, tendremos que encontrarnos con ella, tendremos que vivirla. Tendréis que familiarizaros con ella. Pero, en vez de ello, no dejamos de huir de la muerte. ¿Cómo podemos verla? Cuando vemos la muerte, cerramos los ojos. La muerte es nuestra propia sombra. Si huimos de ella, no seremos capaces de plantarnos ante ella y de reconocer lo que es. Nadie puede escaparse de una sombra; nadie puede, siquiera, luchar con una sombra y vencerla. Pero esto no quiere decir que la sombra sea más fuerte que nosotros, ni que no podamos vencer nunca; lo único que quiere decir es que no hay sombra, que no es una cuestión de vencer. No podemos triunfar sobre lo que no existe. Por eso se sigue dejando derrotar la gente por la muerte: porque la muerte no es más que una sombra de la muerte. Mientras la vida avanza, su sombra la sigue también. La muerte es la sombra que se forma tras de la vida, y nosotros no queremos nunca volver la vista atrás para ver lo que es. Hemos caído agotados muchas veces, después de haber realizado esta carrera una y otra vez. No es que hayáis llegado a esta orilla por primera vez: podéis haber estado aquí antes; quizás no fuera esta orilla; sería alguna otra orilla. Quizás no fuera este cuerpo: sería algún otro cuerpo. Pero la carrera debió ser la misma. Las piernas debieron ser las mismas; la carrera debió ser la misma. Vivimos muchas vidas cargando con el miedo a la muerte, pero no somos capaces de reconocerla ni de verla. Estamos tan asustados y tan llenos de miedo que, cuando se acerca la muerte, cuando su sombra total se cierne sobre nosotros el miedo nos deja inconscientes. En general, nadie se mantiene consciente en el momento de la muerte. Si nos mantuviéramos conscientes por una vez, el miedo a la muerte desaparecería para siempre. Si una persona viera, aunque sólo fuera una vez, lo que es morir, lo que sucede en la muerte, la siguiente vez no tendría miedo a la muerte porque no habría muerte. Esto no quiere decir que triunfaría sobre la muerte: sólo podemos triunfar sobre las cosas que existen. Por el simple hecho de conocer la muerte, ésta desaparece. Entonces no queda nada sobre lo que triunfar. Hemos muerto muchas veces, pero cada vez que se ha producido la muerte nos hemos quedado inconscientes. Esto se parece a cuando el médico o el cirujano nos anestesia antes de operarnos para que no sintamos el dolor. Tenemos tanto miedo a morir que en el momento de la muerte nos quedamos inconscientes voluntariamente. Nos quedamos inconscientes un poco antes de morir. Morimos inconscientes, y después renacemos en un estado de inconsciencia. No vemos la muerte ni vemos el nacimiento; por ello, nunca somos capaces de comprender que la vida es eterna. El nacimiento y la muerte no son más que paradas donde nos cambiamos de ropa o cambiamos de caballos. El nacimiento y la muerte no son más que postas donde se cambia de vehículo: donde se dejan atrás los vehículos viejos, donde se abandonan los caballos cansados y se toman otros de refresco. Pero ambos actos tienen lugar en nuestro estado de inconsciencia. Y la persona cuyo nacimiento y cuya muerte se producen en este estado de inconsciencia no puede vivir una vida consciente: realiza su vida casi en un estado semiconsciente, casi en un estado de semivigilia. Lo que quiero decir es que es fundamental ver la muerte, comprenderla, reconocerla. Pero esto sólo es posible cuando morimos; sólo podemos verlo cuando estamos muriendo. Entonces, ¿qué haremos ahora? Y si sólo vemos la muerte cuando estamos muriendo, entonces no tenemos manera de comprenderla, pues en el momento de la muerte estaremos inconscientes. Sí: podemos hacer algo ahora. Podemos realizar el experimento de entrar en la muerte por voluntad propia. Y puedo decir que la meditación o samadhi no es nada más que eso. La experiencia de entrar voluntariamente en la muerte es la meditación. el samadhi. El fenómeno que se producirá automáticamente un día al dejar el cuerpo podemos producirlo voluntariamente creando un distanciamiento, dentro de nosotros, entre el yo y el cuerpo. Así, dejando el cuerpo desde dentro, podemos conocer el suceso de la muerte, podemos conocer el acontecimiento de la muerte. Podemos conocer la muerte hoy, esta tarde, porque el acontecimiento de la muerte significa simplemente que nuestra alma y nuestro cuerpo conocerán, en ese viaje, la misma distinción entre ambos que se producen cuando el viajero deja atrás su vehículo y prosigue su viaje. OSHO